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Traduzco, luego dudo

Dudar es una actividad indisociable de la traducción entendida como proceso intelectual. Compañera inseparable del traductor en su quehacer cotidiano, la duda obstaculiza su tarea, alienta su desvelo, contamina sus decisiones y aun consigue sobrevivir en más de una ocasión a sus tercos esfuerzos por aniquilarla.

Ningún traductor pone en duda la existencia de la duda. Tampoco su persistencia. Hay dudas razonables, admisibles, discutibles e intolerables. Las hay metódicas y fugaces, irresolubles y triviales, insolentes y cansinas, escurridizas camuflarla al ojo clínico del revisor de turno.

La indecisión se cuenta entre los enemigos más fieros del traductor. No me cabe duda. Dejando a un lado la falta de interés o de curiosidad, la socorrida escasez de tiempo o la ignorancia —supina o rayana en la incompetencia—, dudar es su sino. Su deber, detectar los problemas que se agazapan en sus encargos; si es intérprete, reaccionar de manera fulminante sin perderles la cara.

Pocas cosas desasosiegan tanto al traductor como ese zumbido infatigable de su conciencia, que se prolonga acabado el texto. Pocas hay tan perdurables como las dudas no finiquitadas antes de entregar una traducción.

Muchas veces, dudo y luego traduzco; otras, las menos, traduzco sin dudar. Luego, casi siempre acabo dudando.

Resulta curioso analizar su comportamiento ante las dudas; no sólo para resolverlas —pues cada traductor tiene su librillo— sino para recordar zanjarlas cuando las aplaza.

Me explico. A medida que uno traduce y se va tropezando con dudas, pueden sucederle varias cosas: que las liquide en el acto y punto; que esboce una solución para reconsiderarla con sosiego más tarde; que se rinda momentáneamente ante una duda enrevesada para abordarla con renovadas energías tras una pausa, o unas páginas.

Hay dudas que se resuelven solas cuando el propio discurrir del texto revela mansamente la respuesta. Sin embargo, haciendo camino al traducir, también puede suceder lo contrario: que, transcurridos unos párrafos, el traductor se plantee dudar de algo que antes dio por sentado.

Consultarle dudas al cliente es otra posibilidad, como último recurso, sugieren algunos. In extremis, el traductor entrega un producto con taras y lo acompaña de la debida notificación de sus flecos.

Cada uno tiene su personal manera de recordar las tareas pendientes: repitiéndolas mentalmente, anotándolas en una agenda o en papelitos de colores, o pidiéndole a alguien que se acuerde de recordarle que no se olvide de... Al traducir, sucede algo parecido con las dudas, y me temo que en ese caso también caben formas personalísimas de marcarlas, de balizarlas sobre el papel o la pantalla, según el caso.

Hay quien acude al signo de interrogación: la duda hecha signo. Si más se duda, más veces se repite el signo; tres o más preferiblemente. No le van a la zaga las exclamaciones, el asterisco, los corchetes... Si la duda es más dudosa que otras dudas, se pone en negrita, se subraya y, llegado el caso, conviene tener a mano la paleta del procesador de textos o el práctico fosforito.

A mayor abundancia de diacrisis, del tipo que sea, mayor es la duda; y mayor es también el peligro de que pase inadvertida en sucesivas revisiones, se cuele y acabe en manos del destinatario. A más de uno le habrá ocurrido.

Iba diciendo que la dudotecnia es algo muy personal. Cada traductor va confeccionándose poco a poco su propio método acudiendo a la intuición y al sentido común, partiendo de cero o de algún sistema heredado de algún compañero o cliente, y recurriendo a la caja de herramientas de un procesador de textos o del programa de turno. Así, la manera de etiquetar informáticamente las dudas pendientes, dejando migas por el camino para volver a recogerlas, se acomoda con el tiempo a las exigencias particulares de cada traductor, de cada encargo, y suele acabar reflejando su carácter: hay quien es, al indicar las cuestiones que va aparcando en sus traducciones, tan sistemático o tan anárquico, tan práctico o tan irresoluto, como en la vida misma —o como cuando traduce—.

A fuerza de toparme con el asunto —en la mesa de trabajo y en clase—, me detengo hoy a reflexionar sobre él, pensando, sobre todo, en quienes empiezan en esto. No me parece que estas nimiedades se enseñen expresamente en una clase de traducción, o de tradumática.

Lo primordial es que a cada cual le funcione su librillo. Hay traductores que ni siquiera lo tienen —ni falta que les hace—; nada que objetar, salvo cuando corran el mínimo riesgo de dejar alguna duda sin zanjar porque les pase inadvertida o porque la memoria les traicione al intentar recordar en vano «dónde demonios estaba aquella enrevesada frase que tenía que repasar».

Otros prefieren aferrarse a un método manual, y las señalan con colores, o las anotan en un cuaderno o en un trozo de papel; esta posibilidad es perfectamente válida siempre que la naturaleza de los textos, su complejidad y su extensión lo permitan. Hay incluso quien utiliza su sistema no sólo al traducir sino también al redactar cualquier texto —un trujamán, por ejemplo—, y registra aquello sobre lo que en algún momento ha de volver para revalidarlo.

Disponer de un sistema propio para delimitar los puntos conflictivos de una traducción tiene, a la postre, un doble objetivo: que no se nos extravíe ninguno de ellos, y que podamos desandar nuestro camino rastreándolos con agilidad tantas veces como sea necesario. Antes de dar por concluida una traducción, deberemos haber eliminado el rastro de nuestras dudas, o bien dejarlo deliberadamente intacto con objeto de que un tercero pueda seguirlo para resolver nuestros flecos. Si se consigue idear un modus operandi que nos valga para cualquier tipo de texto, tanto mejor. Si se trabaja en equipo o interviene alguien más en el procesamiento o revisión posteriores del texto, razón de más para consensuar de antemano un procedimiento.

Algún traductor prefiere emplear atributos de formato (el subrayado, los colores, el resaltado, la posibilidad de ocultar el texto...) como rasgo diferenciador de sus dudas. Este es un método muy eficaz visualmente, pero puede resultar poco práctico por engorroso de aplicar (y eliminar luego) y por los inconvenientes informáticos de conversión que lleva aparejados en algunos sistemas y programas, los cuales no siempre disponen de algún mecanismo al efecto. Conviene recordar, además, que las operaciones necesarias para marcar una duda (a veces, trasladar la mano del teclado al ratón, seleccionar un menú, rebuscar la opción deseada en un cuadro...) deberán reproducirse tantas veces como dudas hayamos de señalizar. Y pueden llegar a ser muchas.

Como baliza, pueden elegirse un signo (solo o repetido) o una combinación de varios. Lo ideal es que el imperdible escogido no exista como tal, o aparezca sólo de forma insólita, en un texto redactado en los idiomas que manejamos, de manera que no quepa la confusión con su empleo habitual. Aunque sea práctica común, resulta desaconsejable acudir, por ejemplo, a los signos de interrogación o exclamación (¿? o ¡!), o a los corchetes ([]). Sin embargo, puede funcionar satisfactoriamente la reduplicación de éstos (???, [[...) o de otros caracteres (dd, xx...), o la elección de uno que en principio no tenga por qué figurar en el texto (ç, #, &, $..., en el caso del castellano). Valdrían asimismo combinaciones improbables o imposibles de los anteriores (!x, x#, ¿x?...).

Suele bastar con anteponer la señal elegida a la duda en cuestión (xxmi duda), aunque podemos preferir delimitarla indicando dónde empieza y dónde acaba lo que nos hace dudar (palabra, sintagma, oración, párrafo...). Puede optarse entonces por repetir el signo o signos (**mi duda**), o por emplear uno doble (<mi duda>), lo cual permite incluso anidar dudas o acompañarlas de acotaciones (<mi duda<otra duda anexa>>, <mi duda<comentario>>...).

Este sistema también resulta práctico para conservar el texto original junto a una propuesta provisional de traducción (<original<traducción>>).

Cuando una duda se repite varias veces a lo largo del texto, puede marcarse sólo la primera vez (y anotar un recordatorio para rastrearla luego, si es preciso), o bien cada una de las veces que reaparece. No se ha de olvidar que, antes de acabar, deberán borrarse todas las huellas, tarea que previsiblemente acometerá el traductor/revisor en un momento en el que no andará sobrado de tiempo, ni de sosiego.

A veces, puede ser aconsejable catalogar las dudas —con colores, por ejemplo— para indicar su gravedad o su estado de resolución: rojo, naranja y verde, respectivamente, para dudas indómitas, a medio resolver, o ya resueltas pero cuya ratificación definitiva se pospone para remacharlas.
 

Si la duda ha de ir acompañada de algún comentario o explicación, o si debe enviársele al cliente o a un revisor un informe de los puntos pendientes, puede resultar conveniente registrarlos en un documento aparte señalizando debidamente su ubicación en el texto (archivo, página, párrafo, línea, número de subtítulo, identificador de una cadena de código informático, etc.). En tales casos, es recomendable proponer un remedio junto a cada duda para agilizar su liquidación.

Se trata, en fin, de elegir una técnica sencilla y de aplicarla sistemáticamente, lo cual requiere cierta disciplina.

Siempre que se emplee un método homogéneo —y reconocible como tal por un sistema informático—, se puede facilitar sobremanera una tarea tediosa de la que pocas traducciones quedan exentas. De hacerlo, las dudas pendientes se pueden incluso contar en algunos procesadores de textos como Word, aunque éste no venga provisto de una función específica para hacerlo. Basta con sustituir, por ejemplo, < por < (o sea, por sí mismo), suponiendo que ése haya sido el signo elegido, y con indicarle al procesador que ejecute la orden automáticamente en la totalidad del documento. El programa le dirá cuántas veces ha reemplazado lo buscado y, por tanto, cuántas dudas le quedan por finiquitar.

 

Y usted, ¿cómo marca sus dudas? 

Autor: Manuel Mata Pastor

Traductor y profesor de localización y tecnología aplicada a la traducción
Correo electrónico: manuel.mata [at] linguaserve.com

Fecha: Julio-octubre 2003
Fuente: Centro Virtual Cervantes (CVC) - El trujamán http://cvc.cervantes.es/trujaman © Instituto Cervantes 
 

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